Juicio con Abraxas y recital "movidito" en ATC

CONSAGRACION Y ESCANDALO

 

 

En medio de numerosos shows por la costa y por el Gran Buenos Aires, los Cadillacs estrenaron en enero de 1988 una “sana costumbre” que repetirían tiempo más tarde: abandonaron al productor Carlos Rodríguez Ares para pasarse a Abraxas Producciones, la “otra” gran empresa del ámbito rockero local. Este cambio se debió –según los músicos- a mora en los pagos, incumplimiento con la grabación de un video, falta de trabajo y de planes para el futuro, pero Rodríguez Ares no estaba dispuesto a aceptar este planteo. Primero, intentó un acercamiento con los Cadillacs para llegar a una reconciliación. Viendo en vano su intención, optó por una segunda instancia definitiva: demandó a cada uno de los músicos por el incumplimiento del contrato que los ligaba con su empresa hasta 1991.

 

 

Es lógico que este ‘buen señor’ no aceptara la pérdida de la banda en la época de mayor suceso. La cifra del juicio dejaba ver su enojo: 500.000 australes, una cantidad astronómica para la época, al punto que se decía que estaban protagonizando “el juicio más grande  que recuerde la historia del rock en la Argentina”. Mientras tanto, con Rodríguez Ares los Cadillacs tenían un buen colchón dodne descansar y asentarse aun más luego de tres años de tocar sin parar. La empresa que pasó a respresentarlos les habría un abanico de posibilidades acorde al momento exitoso y al ascenso vertiginoso que estaban viviendo. Sobre todo, un trampolín más allá de las fronteras.

 

Las cuestiones burocrática poco pareció interesarle a estos despreocupados muchachos: durante 1988 no pararon un solo segundo. El 30 de enero, demostraron su poderío popular en Capital Federal, desembarcando en pleno verano su arsenal en el Velódromo Municipal, donde presentaron Yo te avisé!! ante un lleno total: 25.000 personas. Estas vacaciones, definitivamente, fueron de los Cadillacs.

 

El éxito se expandía: este verano cruzaron por primera vez las fronteras de nuestro país para tocar en Uruguay. Se estrenaron en otras tierras con un show en una disco de Punta del Este llamada Zorba, en enero de este año. Un mes más tarde llegarían a Montevideo, la capital uruguaya, para tocar y consagrarse definitivamente “del otro lado del charco”.

 

Pero este estado de masividad que vivía la banda vendría acompañada de escándalo. El hecho ocurrió la noche del martes dos de marzo. El lugar: Argentina Televisora Color (ATC), más precisamente en el Lago del canal estatal ubicado en Avda. Figueroa Alcorta y Tagle.

 

 

Comenzado 1988 el canal ponía en pantalla todos los martes un recital distinto, trasmitido en vivo y en directo desde el parque que forma parte de sus instalaciones. El escenario se ubicaba frente a un lago, y del otro lado el público, que ingresaba en forma gratuita.

 

Los organizadores no estimaron las altas cifras de espectadores que estaba manejando el grupo, que incluían a 25.000 personas en su último show gratuito en Capital Federal. Tampoco vieron el peligro que significaba el hecho de colocar el escenario y el cablerío cerca del agua y a poca altura, ni tuvieron en cuenta la potencia de los equipos.

 

El hecho fue que a las 20 horas, cuando los Cadillacs recién estaban probando el insuficiente sonido, las instalaciones ya estaban colmadas. La gente no tenía contención: inexplicablemente no había vallado ni personal de seguridad, algo indispensable en cualquier recital de rock.

 

Aun antes de empezar a tocar, la gente comenzó a provocar avalanchas, empujones y peleas por mejor ubicación, al punto de imposibilitar la tarea de los camarógrafos. Es más: una cámara había caído al agua antes del inicio.

 

 

Alejandro Taranto, manager de la banda, manifestaba su preocupación: “Si la gente se pone a tirar agua, y uno de los chicos se electrocuta, cómo lo pago yo después?”.

 

ATC parecía una bomba a punto de estallar. Mientras los Cadillacs se preparaban para subir al escenario y tocar para miles de hogares de todo el país, el canal ya había dispuesto que no se televisaría en recital, ni siquiera en diferido.

 

Minutos antes de iniciar el show, los desmayados y heridos eran varios, y otra vez la ineficacia del canal demostraba que no había asistencia médica. Los pocos voluntarios solo hallaban agua podrida de una fuente para socorrer a los afectados.

 

Pese a esto, la banda le hizo un gran favor al canal subiendo a tocar, ante las 15.000 personas que se habían congregado. La escena: un infierno. Consideremos que el lugar ofrece comodidad para no más de la mitad de espectadores, y con todas las condiciones adversas imaginables en juego los Cadillacs salieron al ruedo evitando de esta manera que el auditorio provoque una catástrofe...

 

El comienzo del recital (que duró solo media hora) fue con ‘El genio del dub’, y una ovación general, una escena de histeria colectiva. El público, sin contención alguna, comenzó a avanzar por el agua hasta el escenario, provocando que aumente el caos y el peligro de que alguien se electrocute. Los plomos de la banda hacían todo lo posible por desplazar a la gente que trataba de subir al escenario, y por llevar a los desmayados hasta la entrada del canal. Vicentico, mientras tanto, en vez de calmar al público, se sacó una zapatilla para golpeaba sobre su cabeza.

 

La furia se desataría sobre el imprevisto final del show: a esta altura ya nadie veía ni oía nada. El insuficiente sonido era tapado por los coros insultantes del público y comenzaron a volar objetos sobre el escenario. La banda apenas pudo finalizar con ‘Mi novia se cayó en un pozo ciego’ para retirarse abruptamente del escenario.

 

Por suerte, pudieron hallar refugio dentro del canal. “Este sí que fue un buen show” afirmaba Vicentico mientras se limpiaba la sangre de su frente, producto de un monedazo. Mientras, afuera, se vivía un infierno.

 

 

Muchos jóvenes gritaban desesperados tratando de huir, mientras otros se encargaban de destruir y arrojar parrillas de iluminación, equipos, instrumentos, todo lo que estuviera a su paso. No había freno alguno: las mangueras de los bomberos no alcanzaban para controlar el desorden y a esta altura ya había personas sobre el techo arrojando con violencia los adoquines que lo cubrían. Estos impactaban contra los vidrios del canal, que afortunadamente no cayeron sobre la gente.

 

La policía al fin llegó para poner orden en lo que tal vez fue le recital más caótico dado por nuestros nueve Cadillacs. El canal, que responsabilizó a “los 50 inadaptados de siempre” se ganó el repudio de todos. Nadie podía explicarse semejante ineficacia para organizar un recital de rock y para evitar esta ‘batalla campal’ que pudo terminar en desgracia.

 

 

 

 

VITO RIVELLI

Mayo 2002