EL CONFESIONARIO

"Cuando voy a Carrefour, me amargo"

 

Fana del Ciclón, Vicentico vive a tres cuadras del súper que nació sobre la tumba del viejo Gasómetro. Creador de varios hits tribuneros, el ex Cadillac canta su amor por la pelota.

 

 

Por Alejandro Fantino (nota extraída de Diario Olé, 29/05/2005)



¿Cómo fue que saliste tan futbolero?

—Por Boedo, mi barrio de toda la vida. Mi familia es gente muy intelectual, a la que el fútbol le parecía un género menor. Yo no tuve televisión hasta que me fui a vivir solo, a los 17 ó 18 años. El Mundial 78 lo vi en casa de amigos, Argentina salió campeón y nada, mi viejo ni bola. Ir a jugar al fútbol ya era todo un tema, a mi papá no le copaba para nada. Yo me escapaba para jugar, y ahora me pasa con mi esposa (risas). Yo me colgué del fútbol en el barrio. En la cuadra eran todos de San Lorenzo. Y así también me hice fana del Ciclón.

—¿Cuál fue tu primer ídolo?

—El Mono Irusta era como un dios. Una vez fue a la gomería de la esquina y no lo podíamos creer. Fue el primero y único autógrafo que pedí en mi vida.

—¿Qué te pasa con el viejo Gasómetro?

—Yo jugaba siempre ahí. Y ahora vivo a tres cuadras del supermercado, y cuando voy a Carrefour me amargo, porque era un estadio viejo, pero lindo, era de esas canchas copadas. Y nada, la modernidad no se fija en sentimientos. Por ejemplo, dentro del McDonalds del súper, hay un arco que era del Gasómetro. Lo dejaron ahí, y eso me mata. Lo veo y pienso, ¿son estúpidos éstos?

—¿Mirás mucho fútbol?

—Sí, todo. Me van a putear por esto, pero si tengo que decir qué equipo me gusta por cómo juega, digo River. Por su estilo bien definido. Boca también tiene estilo, pero me gusta más el de River.

—Cuando viajás, ¿aprovechás para ver partidos?

—Sí, claro. Fui a los grandes estadios de Europa y México. Pero en Italia la que me quedó grabada fue la cancha del Venezia, a la que sólo se accede en barco. Ves a las hinchadas llegar en lanchas colectivo y es muy lindo. El estadio está en el medio de una islita, es alucinante. Ahí fui con Valeria (NdeR: Bertucelli, su esposa, que es actriz). Y ella, que nunca había ido a la cancha, se volvió loca.

—¿Cuál fue la vez que tocaste para más personas?

—Hicimos con los Cadillacs varios festivales con 150 mil personas, compartido con otras bandas, claro. Y en lugares preocupantes, como, por ejemplo, Colombia. Yo me acuerdo en el 2001, cuando la Selección no quiso ir para la Copa América, esa semana tocábamos en Bogotá, en la calle, un recital gratuito. Eran 150 mil personas, y fuimos con cagazo (risas).

—Te veo siguiendo las noticias por radio, que va, que no va...

—Obviamente... Y un poco me indigné, porque después de tocar nos dimos cuenta de todas las cosas que se dicen y nada que ver. En Colombia, si bien es pesado, nosotros tocamos y fue una fiesta. Nos daba pena porque mucha gente estaba esperando a la Selección, y es mucho corte de rostro que te digan "no vamos porque ahí son unos violentos...".

—¿Se viven momentos en un recital que se pueden comparar con un gol?

—Hay muchos momentos de improvisación en un show. Yo suelo dejar cosas libradas al azar, hay canciones en las que la banda sólo queda tocando una base y yo puedo hablar o seguir cantando. A veces no me sale un carajo y sigo con la canción, y hay otros en los que en cambio te sale algo de verdad, que nace de la situación y del clima y que tiene un impacto muy grande en la gente. Y esa reacción debe ser parecida a un gol. El fútbol es creatividad, es pura inteligencia emocional. Cuando ves a un jugador definir, tirar una gambeta, decidir en un segundo, es improvisación y a la vez concentración en lo que están haciendo. Yo creo que ese es un punto de contacto entre los músicos y los futbolistas.

—¿Y cuál fue la vez que tocaste para menos gente?

—Uff, muchísimas. Cuando empezamos, ni hablar. Y cuando arrancás en otro país, igual. Por ejemplo, en México, nos tocó actuar para poquísimos. Cuando hicimos giras por el interior, como en Tijuana, había diez personas, cinco, 20. Algunas veces éramos más arriba del escenario que abajo. Pero llega un punto en el que si vos estás bien, y si sabés que tenés algo que estás sembrando, está todo bien.

—Acá no debe haber hinchada que no haya cantado un tema tuyo, ¿qué te produce eso?

—La primera vez me volví loco. Fue con Yo no me sentaría en tu mesa. Fue en un partido de Los Pumas, en Vélez, la hinchada se puso a cantar, "... vamos Pumas vamos, pongan huevo'' que ganamos...". Y yo me quedé helado, era pendejo, tenía 19 años, con los Cadillacs habíamos grabado recién nuestro segundo disco. Dije, "¿qué pasó...?". Es muy fuerte, muy loco. Y el último también me pegó, con Los caminos de la vida, porque fue como el primer tema que pegó en la cancha de mi etapa solista, y pensé que me iba a costar un poco. Y me gustó porque yo quiero seguir siendo popular. También sonó mucho Vasos vacíos, Matador. De Los Cadillacs hay varias.

—¿Y vos cantaste alguna canción tuya en la cancha, con la letra cambiada?

—Sí, me pasó, increíble. La de Matador, con la letra de San Lorenzo. Es muy fuerte.

—Hablaste de Irusta, pero ¿qué otros ídolos te dio el fútbol?

—De la época nueva, el que me mata es Peirone, y no sé por qué. Cuando le hizo tres goles a Boca me volví loco. Es un pibe que le veo algo, y me parece que tiene cosas que tenía el Beto Acosta o el Pampa Biaggio, encarador, metedor. Acosta fue otro que también siempre me gustó. Y después, está el Diego. Lo que pasa es que hablar de Maradona es ridículo porque a todos nos pasa lo mismo. De verdad, me mata. En los recitales que damos afuera, siempre hay banderas de él, no importa dónde toquemos. Verlo bien, te cambia el día, lo ves mal y te deprimís. Me hace llorar en serio. Es un dios. Y excede por mucho el fútbol. Es metafísico, es un filósofo. Es todo.

 

 

 

Nota: Diario Olé

29 de mayo de 2005